La verdad acerca de los transgénicos

transgenicosPublicado en Revista Indualimentos, 2013

Muy pocos saben que Chile es productor y exportador de maíz, soya y canola transgénicas, con un total de 35.500 hectáreas cultivadas durante la temporada 2012-2013, y que el valor de esas exportaciones equivalieron a US$240 millones (precio FOB), convirtiéndose en un importante rubro agropecuario para el país. Si bien el objetivo inicial del alimento transgénico es noble, ya que al modificarlo genéticamente se potencian sus atributos nutricionales y se logran las características deseadas (mayor vida útil, mayor productividad, eliminación de sustancias tóxicas o alergénicas y mayor resistencia a enfermedades), son muchos quienes hoy siguen levantando el dedo acusador en contra de esta práctica de la ingeniería genética.

“Las semillas de maíz transgénico producidas en Chile permiten que en Estados Unidos, por ejemplo, se siembren cerca de tres millones de hectáreas, lo que representa casi el 8% de la superficie total de maíz de ese país”, argumenta Miguel Angel Sánchez, Director Ejecutivo de ChileBio. Y agrega que los cultivos transgénicos son utilizados por los productores para enfrentar con éxito el ataque de plagas y malezas.

A nivel mundial, precisa Sánchez, los cultivos transgénicos han proporcionado importantes beneficios económicos a los agricultores, “estimados en US$98.200 millones entre 1996 y 2011. De esta cifra el 51% fue fruto de la reducción de los costos de producción, menor uso de arado, menor aplicación de plaguicidas y menor volumen de trabajo, según el Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (ISAAA 2012)”.

No obstante, Rodrigo Lampasona, líder del movimiento YNQT (Yo No Quiero Transgénicos en Chile), tiene una visión completamente opuesta y enfatiza que desde un comienzo las plantaciones transgénicas han representado problemas para la industria chilena.

El paquete tecnológico de los cultivos transgénicos incluye fertilizantes y agroquímicos muy dañinos para la salud, como por ejemplo, plaguicidas, acaricidas y fungicidas”, describe el vocero. “Por otro lado, las malezas ya se han hecho resistentes al herbicida Roundup (basado en el glifosato el cual inhibe el crecimiento y aumenta la mortandad en los seres vivos), y la respuesta de la industria ha sido introducir nuevos cambios al ADN de los alimentos transgénicos, a objeto de que éstos resistan plaguicidas aún más potentes como el peligroso 2,4D”.

Y las repercusiones del uso del 2,4D ya las estamos viendo en Argentina, asegura Lampasona. “¿Cuánto más pueden resistir las comunidades de pueblos fumigados al norte de Argentina?, aquí la estadística de nacimientos de niños malformados viene incrementándose desde la adopción de los cultivos transgénicos”. Todo este festín de agroquímicos y experimentos tecnológicos para modificar genéticamente los alimentos, encierra serios riesgos para la salud y también para el medio ambiente, sentencia el representante de YNQT.

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